Aquel día hacía frío. El suelo y las plantas se estaban helando. La nieve ya empezaba a resbalar. El viento mecía nuestras palabras suavemente. El cielo se tornaba de un color gris a medida que pasaban los minutos. Me acuerdo de ese día,nunca se me olvidará. Íbamos andando cogidos de las manos, tú llevabas ese gorro azul que tanto adoraba y yo llevaba el pelo recogido en un moño bajo; ya sabes que odio llevar el pelo suelto. Un, dos, tres. Cierro los ojos. Aquel día no teníamos un rumbo fijo, era uno de esos días en los que nos perdíamos y no regresábamos hasta que nos habíamos encontrado, hasta que no habíamos respirado aire limpio y puro. Salir de la rutina. Era nuestro día preferido de cada mes. Hacía que nos conociéramos de nuevo. Nos reíamos a carcajadas y todo el mundo nos miraba y sonreía. Se nos veía en la cara, pese a todo, pese a nuestras enormes diferencias, estábamos enamorados. Teníamos planes. Grandes planes. Un, dos, tres. Cierro los ojos. Estábamos cruzando la acera cuando ya no volví a ser la misma. Tú estabas haciendo un baile para sacarme una sonrisa, porque yo no estaba en mis mejores días. Divisé un coche que se acercaba y tuve la certeza de que pararía. Y lo intentó, pero el suelo resbalaba, lo vi venir hacia nosotros. Grité. Te giraste y me empujaste a un lado, pero tu… tu… resbalaste. No pude hacer nada. Observe a cámara lenta y con lágrimas en los ojos y en el corazón como ese maldito coche te golpeaba. Te juro que después de aquel momento mi corazón se partió en dos. Me llevé la mano al pecho, pensando que yo también me moría. El coche desapareció antes de darme cuenta. Me arrastré como pude, gritando y llorando hasta tu lado. ¿Sabes? No respirabas, tenías sangre en la cabeza y yo temblaba a tu lado mientras te susurraba que te despertaras. Un, dos tres. Cierro los ojos. Las lágrimas ya corren por mi mejilla como si fuera una carrera. “Todo va a salir bien” decía incluso sabiendo que era mentira. No sé cómo pude seguir adelante.
Cada vez que el viento sopla, veo tu cara segundos antes de que todo pasara. Cada vez que siento el frío de aquel día recuerdo el gorro azul. Y como dice una canción: “Quémame con fuego. Ahógame con lluvia. Voy a seguir despertándome gritando tu nombre”. Tengo pesadillas de aquel día. Y de mi mente nunca se borra el momento en que nos agarramos de la mano y nos dirigimos a cruzar. Estoy hecha polvo. Aguanto como puedo, pero todo me consume poco a poco. No puedo seguir con esto. Solo quería decirte que te echo de menos. Que eras lo mejor de mi vida. Que miro cada noche las estrellas y te veo ahí siempre conmigo en una de ellas. Y que ahora llevo ese gorro azul, porque es como volver a tenerte a mi lado una y otra vez, y aunque me duela sabes que nunca me desharé de él. Porque eres tú. Simplemente tú."
Tiene siempre esa mirada triste. Sus ojos azules se han tornado rojos y sus ojeras son tan profundas que no se ve el fondo. Su cara esta manchada de desilusiones, desengaños, dolor, angustia. Sus labios están secos y gastados de tanto articular. Y su garganta ya no emite sonido alguno. Es la viva imagen de la derrota. Del querer y no poder más. Del intentar ser fuerte y caer en la batalla. Rendirse y tirarlo todo por la borda. Pero siempre hay una esperanza. Hay que cambiar el título, no hay que rendirse. Nunca. La luz puede estar más cerca de lo que creemos. Algunos días son malos sí, pero no todos. Siempre hay alguno que luce. Hay que intentar mirar las cosas desde otra perspectiva. Salir del pozo, hallar la salida. Siempre hay esa chispa de luz que brilla dentro de tanta oscuridad. Búscala. Nunca se sabe lo que uno puede encontrar.